domingo, 23 de marzo de 2008

Nieve en Lyon


Gracias a Dios cada vez tengo menos que escribir porque mi día a día empieza a ser normal, sin problemas ni sobresaltos. La universidad está bajo control: sigo las clases, puedo tomar apuntes y ya he hecho mi primer examen, aunque fue complicado acabarlo. Iba con la teoría aprendida de memoria pensando en plantarla tal cual en el papel y resulta que me pidieron una reflexión personal sobre la fotografía contemporánea. Con mi limitadísimo conocimiento de la lengua y mi escaso vocabulario, el resultado sólo pudo ser una redacción de niña de 8 años.

Más allá de la facultad, la vida Erasmus parece tomar forma con las primeras fiestas, cenas y viajes. El sábado estuve en Annecy con la universidad y tuvimos un frío increible durante todo el día, con viento, lluvia y hasta nieve incluida. Esta mañana también ha nevado en Lyon. Poca cosa, pero suficiente para que todas las chinas de mi pasillo se hayan vuelto locas gritando por la ventana.

Y también ha habido despedidas estos días. Mi amiga argentina se ha ido y la noche antes de volver a su casa convirtió su habitación en un mercadillo. Ahora tengo un cazo nuevo (el mío me lo robaron antes de ayer), un montón de comida, un teléfono con tecla de asterisco incorporada y no sé cuántos cacharros más que me dio. De todas maneras, pronto parto yo también. El día de mi cumple me mudo a mi nueva habitación de 18m2 con baño y cocina para mí solita. Aunque mi vida va a mejorar considerablemente, al final me da hasta pena dejar mi residencia de ahora.

Para acabar, confieso que me estoy conviertiendo en una marujilla francesa que no come en la universidad porque se le pasan los filetes de fecha, que se levanta temprano porque tiene que ir al banco o que se da prisa por llegar a casa porque cierran el súper. Es lo que tiene vivir sola.

Buena vuelta de Semana Santa para todos. ¡Yo mañana tengo mi único día de fiesta!

jueves, 13 de marzo de 2008

Por culpa del plano

(mi merienda)
Después de dos semanas gélidas, hoy ha salido el sol en Lyon. Iba de camino hacia casa cuando se me ha ocurrido aprovechar los últimos veinte minutos del día para ir a una de las orillas del río a terminar un libro del que sólo me quedaban cuatro páginas. He corrido, porque atardecía y se me iba a escapar el sol. Para acabar de redondear el momento, he pasado incluso por una pastelería que me pillaba de paso.

Llego al lugar, me siento en un banquito al que dan los últimos rayos, saco mi merienda y el libro. Cuando faltan dos milésimas de segundo para que empiece a leer, algo me interrumpe:

- "Pardon, madmoiselle, la rue Victor Hugo?"
- "Ni idea, pero tengo un plano"

Y el señor en cuestión se me planta al lado. Encuentro la calle que necesita, pero al enterarse de que soy española empieza a darme palique. Me cuenta su vida y me pregunta por la mía durante diez minutos, mientras el sol se escapa. Cuando al fin se va, ya no llegan los rayos a mi banquito. Me abrocho el abrigo, me como lo que me he comprado y me termino el libro a toda leche, porque a la sombra me estoy quedando helada.

domingo, 9 de marzo de 2008

Ça marche o las cosas mejoran

(Elisa a la izquierda, Alejandra a la derecha)

Hace falta un mes para poder mirar el Erasmus con buenos ojos. Durante las cuatro primeras semanas se te ocurre más de una vez que quizá estarías más a gusto en tu casa que lidiando con tanto francés insensible a las dificultades y problemas que acompañan a una estudiante recién llegada. Creo que el punto de inflexión es ese día en el que descubres que eres capaz de decir cinco frases seguidas en el idioma del país sin inventarte la mitad de las palabras y sin tartamudear en la otra mitad, pues al principio es totalmente frustrante parecer autista allá donde vas porque eres incapaz de mantener una conversación decente con las personas que te rodean.

Ayer conocí a Natacha, mi amiga nativa que me ha buscado la facultad para que aprenda francés. Durante tres horas me enseñó los encantos de Lyon, que nada tienen que ver con el polígono donde vivo ahora, y hablamos, hablamos y hablamos…ella en español y yo en francés. Ahí fue donde me di cuenta de que el idioma al fin está entrando en mi cabeza y saliendo por mi boca de manera ordenada. Por la noche me fui de copas con Alejandra, argentina, y Elisa, italiana. Aunque hablamos el idioma local entre nosotras, no sé hasta qué punto hacemos algo de provecho. La mitad de las veces afrancesamos las palabras y nos quedamos tan anchas. Como nuestros idiomas son tan parecidos, tenemos unas conversaciones a lo galo que no sé si un nativo llegaría a comprender del todo. Otra cosa no, pero reírnos, nos reímos mucho.

Y como nota positiva de la jornada, ayer cené pescado cocinado por mí misma. Nada del otro mundo, pero al menos empiezo a comer sano.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Chez moi


Sales de la habitación y te encuentras la residencia empapelada con el siguiente anuncio: "El suministro de papel higiénico ha llegado a su fin. No vamos a rellenar más los chismes de los baños. Os invitamos a tomar las medidas necesarias para vuestro confort"

Esto no tiene ni pies ni cabeza. Son tantas cosas las que fallan que al final resulta hasta gracioso: cuatro fuegos en la cocina para cuatrocientas personas; unas duchas tan desastrosas que sales de ellas con la sensación de estar menos limpias que cuando entraste; una calefacción que no funciona mientras fuera hace un frío del carajo...Nunca había estado en un sitio semejante, de verdad.

Y dejando de lado el tema, ayer viví mi segunda experiencia-incendio. Además fue muy curiosa: estaba en una clase viendo el anuncio de Philips de Carmen Sevilla con un profesor que hizo la tesis sobre Joselito, cuando de pronto suena la alarma. Todos fuera, bombreros por el pasillo...y simulacro efectuado con éxito. No es necesario vivir esto por segunda vez en un mes.

Por lo demás, todo marcha bien. Cada vez conozco a más gente (compartir penurias residenciales une mucho), empiezo a descubrir la ciudad y, muy importante, a olvidarme de los papeles. Además, la vida se vuelve diferente una vez que tienes wifi. Sin embargo, el tema culinario cada vez se pone más feo. Entre lo poco que me gusta cocinar, mi escasa destreza y la imposibilidad de hacer nada elaborado con los medios que tengo en la residencia, estoy al borde de la desnutrición. La pasta y el arroz me salen ya por las orejas, pero luego voy al súper y acabo llenando la cesta de guarrerías dulces en lugar de comprar comida de verdad. De todas maneras, es la tónica general. Salvo un grupo de portugueses y brasileños muy apañados que se alimentan como reyes, los demás sobrevivimos a base de macarrones, arroz hervido y pizzas precocinadas.